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Profesores, Protestas y Skin in the Game

Autores: Javier Garay

Docente e investigador de la facultad de finanzas, gobierno y relaciones internacionales de la Universidad Externado, doctor en ciencia política de la Universidad de Paris-Est Marne-la-Vallée. Es analista de temas políticos y económicos.

*Las opiniones contenidas en este texto son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan ni comprometen la posición institucional del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga.

Después de casi un mes de iniciadas las protestas en Colombia, quedan muchos asuntos sobre los que vale la pena reflexionar.

Uno que me ha llamado la atención, debido a que tiene que ver con la carrera que elegí, es el de la actitud que algunos profesores universitarios han demostrado frente a las manifestaciones. Debido a la nutrida participación que, en estas, han tenido los estudiantes, esos profesores las han respaldado de manera ciega, haciendo gala de una supuesta empatía y de una preocupación por aquéllos a quienes reciben en las aulas.

Este tipo de apoyos han sido recibidos con júbilo por los manifestantes que, en este momento, se sienten no solo mayoría, sino que están luchando por las causas moralmente correctas. Así, se ha configurado una suerte de borrachera colectiva, con el éxtasis y la intolerancia, típicos de este tipo de fenómenos. La actitud de esos profesores a los que hago referencia puede explicarse como resultado de una falta de skin in the game, tal como fue definido por Nassim Nicholas Taleb.

De un lado, muchos académicos están convencidos de la conveniencia de estas manifestaciones para avanzar en lo que equivocadamente identifican como una sociedad más justa y/o reconocimiento de derechos para personas hasta ahora excluidas. Más allá: muchos de esos académicos han expresado abiertamente su disgusto por el actual gobierno colombiano y le han hecho una feroz oposición, sin reconocerle una sola cosa positiva, desde antes de que se posesionara. Si este convencimiento es el que explica la actitud, no hay ninguna empatía ni preocupación por los estudiantes. En realidad, esos profesores están usando a los universitarios para que hagan lo que ellos creen se debe hacer. Los apoyan porque están en sintonía con sus intereses y no por la relación profesor – estudiante que tanto pregonan.

Sin embargo, puede haber algo más. La actual es una generación diferente. Son jóvenes que no toleran la frustración de escuchar que están mal, que cuestionan todo tipo de estructuras tradicionales, más las de poder, así como la autoridad. Si a esto se le suma la civilización del espectáculo, sobre la que reflexionó Mario Vargas Llosa, en la que importa la apariencia y no el fondo, ser profesor en la actualidad se convierte más en una cuestión de popularidad. No obstante, y acá la cuestión se integra con el concepto de skin in the game, este tipo de preocupaciones profesionales restan libertad y, por lo tanto, capacidad para pensar: todo se reduce a pertenecer a las mayorías, a ser valorado, a sentir que se recibe algo de respeto, de reconocimiento. Con esto, la principal lesionada es la decisión de cuestiona, de criticar, de oponerse. Es fácil ser rebelde cuando está de moda, cuanto es una actitud mayoritaria. Lo difícil es preguntarse si, tal vez, las acciones que se decidieron adelantar realmente tienen relación con los cambios esperados.

Por esto, cualquiera sea la razón de la actitud de esos profesores, la acción es equivocada. Un profesor no está para ser complaciente. Un profesor no puede medirse a sí mismo, según su popularidad o el número de estudiantes que lo consideran su amigo. Un profesor está para cuestionar, para exigir, para poner a pensar. De lo contrario, así como un padre que permite todo lo que quieran sus hijos para que estos no lo consideren una molestia, esos profesores acríticos, pero muy metidos en la moda, contribuirán a la formación de una generación que, con todo lo bueno y malo que tiene, seguirá soñando con hacer el cambio, pero sin siquiera esforzarse por ello; sin intentarlo.

Los problemas que enfrentamos requieren de reflexión, de comprensión, de curiosidad, de creatividad. Ninguna de estas habilidades se desarrolla si la persona no se enfrenta a sus creencias, a sus certezas y a sus comodidades. Más si éstas están inmersas en una efímera borrachera colectiva.

** La obra que se recomienda en esta columna es “Skin in the Game – Nassim Nicholas Taleb” y se encuentra disponible en la biblioteca del ICP en OverDrive. Más información.

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