Una VISIÓN de país para construir UNA NACIÓN HECHA A PULSO

Autor: Rodrigo Pombo Cajiao.

Abogado litigante y profesor universitario.
Miembro Fundador del Proyecto Visión Colombia 2022.

*Las opiniones contenidas en este texto son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan ni comprometen la posición institucional del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga.

Hay quienes escriben para ganarse la vida y otros que publican porque ese es su negocio. Hay quienes escriben para clarificar sus pensamientos, otros para pensar mecanográficamente y otros que utilizan la palabra como verdadero vehículo de la idea. Nosotros añoramos (y por lo mismo) cortejamos el ideal de poder escribir para ocupar un espacio. El espacio al que están llamados los tanques de pensamiento y los que sinceramente se adentran valientemente y con relativo furor en el campo público a ofrecer, -ya no digamos un programa de gobierno o la construcción de una determinada política pública- sino, cuanto más profundo, una COSMOVISIÓN.

La obra “Colombia: Una Nación Hecha a Pulso” del Instituto de Ciencia Política en el marco del Proyecto Visión Colombia 2022 no pretende, entonces, ser única (sería una pretensión fracasada ex ante pues la aspiración es ecuménica) pero sí procura ser especial. Funda su especialidad en el hecho de hacer parte de una idea o, si se prefiere (y así lo preferimos ver quienes la motivamos), de una VISION DE PAÍS.

Huir en tiempos inciertos no solamente es cobarde, sino que no es inteligente. No se compadece con el rol que deben soportar ciertas almas, aquellas almas llamadas a la solución, a visualizar y alcanzar el desarrollo, a defender el pragmatismo y la solución real y efectiva de las más caras necesidades de la gente; a ser llamadas a ocupar la herencia de construir sobre un pasado perfectible y no del todo pecaminoso; un pasado siempre útil pues, al fin de cuentas y como se advertía en época pretéritas, “somos como enanos posados en los hombros de la gigante historia”.

Huir es dejar espacio para ser ocupado por quienes creen que, por ejemplo, el Estado es un instrumento de dominación de clases puesto al servicio de unos pocos que de él abusan; que el sector productivo, las comunidades intermedias (gremios, sindicatos, academias, familia, iglesias etc..) y los emprendedores, pertenecen a una clase social opresora de unas masas siempre sufridas y explotadas. Que las fuerzas del orden son unos mercenarios puesto al servicio exclusivo de intereses oscuros sin límite continente dispuesto a extirpar la legítima manifestación comunitaria.

Huir es dejar espacio para ser ocupado, entonces, por la omisión cómplice de quienes pensamos diferente al populista pero que, a diferencia de este, no se atreve a debatir por temor a las represalias gubernamentales, a las incomodidades sociales o a las consecuencias económicas. Ello, a nuestro juicio, reviste un comportamiento antidemocrático.

Pero hay, (como en toda consecución humana), distintas formas de abordar la propuesta, la “visión”. Desde la mentira populista, ramplona y cruel, que invita al ánimo colectivo a sabiendas de su imposible cumplimiento y su impune mentira, hasta la siempre fría e insuficiente visión pesimista, apocalíptica y devastadora, que cabalga sobre los caminos de quienes solamente saben criticar a raíz de una intrincada y parcializada mirada de las circunstancias históricas.

Y, naturalmente, hay otra forma de abordar la existencia humana; tal vez una más exigente y sin duda más sacrificada: la de leer el pasado y el presente en códigos de futuro, en códigos de propuesta. Una lectura que ofrezca una Visión realista pero esperanzadora, de alguna manera solidaria con el pasado y las herencias de nuestros antepasados, pero con la exigente labor de proponer hazañas posibles y venideras para todos.

Estas líneas tratan de inscribirse en esa última orilla. Se ubican del lado de quienes con pragmatismo analizan las circunstancias, pero, con enorme patriotismo, esperanzan el futuro. No se trata pues de totalizar pensamientos sino de pretender la legítima y pacífica victoria de una cosmovisión tan seria y profunda que inspire la crítica y nos emocione a todos.

Creemos, también, que estamos viviendo tiempos de cambio lo que nos lleva a indagar, estudiar, meditar, debatir y proponer. Sin embargo, como bien se sabe, no todo cambio es positivo y mucho menos bajo el prurito del “cambio por el cambio”. Tampoco creemos que el cambio agresivo, maltratador y anti sistémico sea plausible, o que la revolución violenta que intenta removerlo todo, como si de lanzarse a un abismo se tratara, constituye la mejor de las alternativas. Nuestro cambio se ancla en el pasado para visualizar un futuro mejor.

Pero tenemos que reconocer que hay conciencias que así piensan y que así actúan, esas son las conciencias populistas. Por estos pagos hispanoamericanos cabalgan almas con intensiones mediocres de cambio, de revolución, de revuelta. Sus huestes se ufanan por alcanzar discursos altisonantes y apocalípticos, gritones, estridentes y superficiales, quizás, porque solamente ven en su caudillo al mesías redentor de tantas y tan crueles calamidades populares.

Esos son los que ven en el Estado un instrumento histórico de dominación de clases, siempre doblegado y puesto al servicio de unos pocos interesados en salvaguardar sus haberes, a su juicio, siempre mezquinos y voraces. Un Estado fracasado por cuanto exclusivamente sirve a unos pocos a quienes normalmente los catalogan como “oligarquía”, “mafias” o “élites”. Esos personajes, dijimos, son los que suelen ver en las fuerzas del orden un ejército de mercenarios, únicamente dispuestos a dar sus vidas para proteger intereses particulares y de clase, como la propiedad privada.

Ellos, -también hay que decirlo-, son los que suelen advertir que el sector productivo es el enemigo a vencer pues se trata de una camarilla de empresarios, industriales, banqueros, gremios y comerciantes aferrados al poder, al dinero y a la utilidad.

También son los que ven la solidaridad con el pasado, la tradición y el fenómeno globalizador propio de un mundo postmoderno, altamente tecnificado y con comprometedores procesos migratorios (propios de la ciudadanía universal multicultural), como los fenómenos sociológicos, económicos y políticos a los que hay que derrotar. Para tal propósito, cualquier calzada, incluyendo la de la mediocridad, la violencia y la mentira, les es atractivo.

Y, de nuevo, todos ellos tienen ese halo en común: el discurso apocalíptico que revisa la historia con infatigable escrúpulo de juzgamiento. La juzga fulminantemente y siempre la somete al escrutinio del pueblo con sesgada información y aprovechándose del dolor cotidiano del prójimo. Para ellos todo tiempo pasado fue un verdadero desastre y el presente es la insinuación calamitosa de una realidad oprobiosa y cruel.

Por supuesto, para esa visión tanto radical como populista, lo único que existe es el futuro, -curiosamente siempre esperanzador y siempre halagador-; eso sí, siempre y cuando sea su caudillo el llamado a asumir las riendas del poder y el destino de la comunidad política; pues de lo contrario ese futuro se mostrará igualmente oscuro, incapaz y devastador. Con los estridentes, eso de la alternancia del poder democrático, no cuadra mucho.

La receta para los extremistas, radicales y populistas, con todo, está escrita en la historia y aparece y reaparece una y otra vez, como negándose a evaporarse y como si se tratase del corolario de una tragedia que se niega a terminar. El discurso antisistema, apocalíptico, mesiánico y mediocre (en veces violento y criminal) no da tregua y solamente puede ser vencido mediante el antídoto de la cultura y de la sólida narrativa histórica. Se vence, entre otras, a través del estudio de nuestra historia con la benevolencia del que sabe que no existe peor injusticia que juzgar el pasado con los estándares del presente.

Por ello es que “Colombia: Una Nación Hecha a Pulso” resulta tan importante, porque recoge una VISION comprometida con el progreso, con el desarrollo, con el avance comunitario, con el devenir histórico. Y da cuenta de un progreso sostenible, de un desarrollo grande e incluyente (para todos), de un avance comunitario sin estridencias y violencias y con un devenir histórico nunca determinista y menos aún determinado por el intervencionismo Estatal. Esta VISION, más bien, acoge la idea de construir un futuro cimentado en el devenir personal propio de la cultura del mérito y la libertad humana.

Es que, en últimas, al pasado hay que estudiarlo y hacerle justicia; al presente hay que comprenderlo y hacerle frente con soluciones pragmáticas para los más necesitados y, al futuro, como se decía antes, “hay que tenerle ganas”. De eso se trata esta publicación y en ese marco se inscribe.

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