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Es una verdad universalmente reconocida que vivimos en un mundo de recursos finitos. Sin embargo, esta afirmación relativamente básica es muchas veces engañosamente utilizada por algunos activistas climáticos.

Considere el grupo del “decrecimiento”: ellos asumen que el crecimiento indefinido, en un mundo de recursos finitos, es literalmente imposible. Esta es el fundamento de la auto-proclamada misión de Extinction Rebellion de acabar con el capitalismo: el progreso humano y la prosperidad son considerados como intrínsecamente malos, y el crecimiento económico debe primero ser detenido, luego revertido. Aún así, como el hombre de negocios inglés Michael Liebreich ha señalado, siempre y cuando tengamos energía tanto solar como nuclear, las cuales son virtualmente infinitas, la supuesta historia ficticia de crecimiento eterno tiene un respaldo científico real.

Además, mucho del crecimiento económico de hecho consiste de una reducción física. Utilizamos 68% menos tierra para producir una cantidad determinada de alimentos que lo que hacíamos en 1961. Utilizamos menos aluminio para elaborar una lata de bebidas gaseosas, menos acero para hacer un carro, y menos energía para construir una casa que la que utilizamos alguna vez. Nuestros teléfonos celulares incluyen dentro de sí todo un escritorio lleno de objetos que hubiesen consumido muchos más recursos para ser creados en el pasado: un mapa, un compás, una linterna, una libreta de direcciones, una libreta de contactos telefónicos, etc.

Los ambientalistas más matizados promueven una interpretación ligeramente distinta. Ellos reconocen que la innovación y el progreso son deseables, pero dicen que el segundo no puede venir del sistema de libre mercado, porque el capitalismo inevitablemente se vuelca hacia la explotación y el abuso ambiental. Esta perspectiva termina mostrando una preocupante falta de confianza en la creatividad, la solidaridad y el progreso de los seres humanos, aunque este tipo de ambientalistas por lo menos acepta la importancia de la innovación —a pesar de su desconfianza de los mercados libres.

El argumento más común en contra de la innovación de libre mercado ha sido expuesta por académicos como la economista italiana-estadounidense Mariana Mazzucato, quien argumenta en su libro de 2015 The Entrepreneurial State (El estado emprendedor) que las investigaciones lideradas y financiadas por los estados han sido la base de casi toda la innovación moderna. Esto es necesario, sostiene ella, para resolver cuestiones como el cambio climático. Sin embargo, como uno de nosotros ha argumentado en su libro de 2020, How Innovation Works: And Why Flourishes in Freedom, esta es una estrategia mal concebida.

Primero, Mazzucato ignora la historia de la innovación privada que condujo a EE.UU. y Gran Bretaña a la delantera de la economía global a fines del siglo 19 y principios del siglo 20, casi totalmente sin subsidios estatales. El hecho de que el financiamiento estatal ha terminado respaldando innovaciones importantes a mediados y fines del siglo 20, especialmente dentro de un contexto militar, no debería sorprender dado que el gasto público se cuadruplicó desde un 10 por ciento hasta llegar a un 40 por ciento del ingreso nacional. Si usted dispara suficientes flechas, es probable que una eventualmente le dé al blanco.

Segundo, dada la evaluación auto-evidente de que solo tenemos acceso a una serie limitada de recursos en cualquier momento dado, es igual de poco sorprendente que las grandes inversiones estatales en ciertas innovaciones desplazarán otras fuentes de inversión. De hecho, Mazzucato reconoce este riesgo cuando escribe que “las empresas farmacéuticas más importantes están gastando cantidades decrecientes de fondos en investigación y desarrollo al mismo tiempo que el estado está gastando más”.

La presunción de que toda innovación proviene del gasto estatal por lo tanto comete una falacia económica básica. Simplemente no podemos presumir saber cómo estos recursos hubiesen sido asignados de otra manera por parte de actores racionales con interés propio y de manera descentralizada. Es totalmente probable que estos hubiesen, de hecho, sido invertidos de manera más eficiente por empresas privadas con mejores conocimientos locales e incentivos.

La evidencia es contundente: en 2003, la OCDE publicó un estudio titulado Fuentes de crecimiento económico en países de la OCDE, el cual encontró que entre 1971 y 1998 la cantidad de investigación y desarrollo privados tuvieron un impacto directo sobre la tasa de crecimiento económico, mientras que la cantidad de investigaciones estatales no la tuvo. La pregunta por lo tanto se vuelve no acerca de si el estado puede respaldar la innovación, lo cual claramente puede, sino si es mejor y más eficaz al hacerlo que las fuerzas del mercado. Tanto la historia y la evidencia estadística favorecen las segundas.

¿Qué, específicamente, significa esto para el medio ambiente? En el volumen editado de 2020 Green Market Revolution: How Market Environmentalism Can Protect Nature and Save the Planet, el autor sueco Johan Norberg argumenta que algunas economías desarrolladas de hecho han llegado al “pico de las cosas”, implicando que ahora usan menos recursos materiales tanto por unidad de producción económica como en términos absolutos.

La belleza del sistema de libre mercado es que la eficiencia casi siempre es recompensada, porque la eficiencia se convierte directamente en mayores ganancias y productividad. De hecho, los investigadores como Jesse Ausubel de Rockefeller University han encontrado que en 2015, la economía estadounidense estaba utilizando 40 por ciento menos cobre, 32 por ciento menos aluminio, y 15 por ciento menos acero comparado con sus picos en la década de 1990. El mismo principios se aplica a 66 de las 72 materias primas rastreadas por la Encuesta Geológica de EE.UU., como el investigador estadounidense Andrew McAfee descubrió en su libro de 2019 More from Less: The Surprising Story of How We Learned to Prosper Using Fewer Resources—and What Happens Next. Según McAfee, los recursos han estado decayendo en uso conforme la producción económica ha aumentado. La lista de ganancias en eficiencia sigue y sigue, desde la extensión de la tierra de cultivo hasta el agua, los fertilizantes y el plástico.

Cuando al sector privado se le ha permitido innovar, lo ha hecho generando tremendas ganancias para el medio ambiente. La revolución del gas de esquisto le ha dado a EE.UU. la caída más rápida de emisiones de dióxido de carbono que cualquier otra economía importante. Los cultivos genéticamente modificados han reducido el uso de pesticida en un promedio de 37 por ciento. La invención de los focos LED ha reducido el consumo de electricidad en iluminación en un 75 por ciento para una cantidad determinada de luz. En este último caso, esta mejora casi seguramente retardada por la insistencia del estado de que se usaran los focos compactos y fluorescentes.

En cambio, la regulación estatal suele socavar la innovación, como puede ser visto en el caso de la energía nuclear. La energía nuclear que es limpia, confiable, segura y que requiere de muy pocos recursos materiales tiene el potencial de satisfacer las necesidades energéticas de la economía moderna de sobra, mientras que satisfacemos nuestros objetivos climáticos. Aún así, esta ha estado languideciendo por años, cayendo de 17,6 por ciento de la producción global de energía en 1996, a 10 por ciento hoy.

Los ambientalistas apocalípticos y los reguladores demasiado fervientes han casi estrangulado las pruebas y el desarrollo de nuevos reactores y diseños nucleares. Un estudio muestra que las nuevas regulaciones de reactores nucleares introducidas en la década de 1970 aumentaron la cantidad de tuberías por cada megavatio en un 50 por ciento, acero en un 41 por ciento, cables eléctricos en un 36 por ciento, y concreto en un 27 por ciento. Las regulaciones solo han aumentado desde ese entonces, y el proceso de obtener licencias se ha vuelto más largo. Sin embargo, el hecho de que las empresas privadas ahora lideran el camino en cuanto a los Pequeños Reactores Modulares (SMRs, por sus siglas en inglés), la generación más nueva de plantas nucleares, se proyecta bien. Estos diseños más pequeños permiten una mayor experimentación, más pruebas y errores, y una mayor adaptación. Pero el gobierno debe salir del camino.

Finalmente, donde los opositores al crecimiento ven a nuestros recursos limitados como prueba de que el progreso económico es malo, y donde los operadores del estado los ven como prueba de que las empresas privadas no realizaran un progreso sostenible, los capitalistas los consideran la evidencia más contundente a favor de permitir que los mercados innoven hasta sacarnos de la escasez. Más importante todavía, los mismo incentivos que determinan la innovación en el sector privado también determinan la eficiencia cada vez mayor en la economía y el medio ambiente —sirviendo tanto a la humanidad como al planeta. Los mercados libres son buenos para la innovación, y la innovación es buena para el medio ambiente.

Esta columna se publicó originalmente aquí

Autor: Christopher Barnard – es el director de política nacional en American Conservation Coalition y autor de Green Market Revolution.

Este contenido es responsabilidad exclusiva del autor y sus opiniones no comprometen la posición del ICP.

Autor: Matt Ridley – es un científico, periodista y empresario. Es miembro de la junta directiva de HumanProgress.org.

Este contenido es responsabilidad exclusiva del autor y sus opiniones no comprometen la posición del ICP.

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