La función empresarial en nuestra construcción de nación

Autores: Carlos Augusto Chacón Monsalve – Director Académico ICP

*Las opiniones contenidas este texto son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan ni comprometen la posición institucional del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga.

Muchos de los relatos y narrativas utilizados para la cimentación de la memoria colectiva sobre la historia de los pueblos, se han caracterizado por asociar los procesos de construcción de nación a grandes historias épicas, hazañas y héroes que decidieron, a pesar de todo pronóstico en contra, asumir desafíos y retos, luchar contra fuerzas misteriosas, malignas y más allá de la comprensión humana; procesos caracterizados por mitos fundacionales, batallas, conquistas y transformaciones.

Cuando nos detenemos a analizar el devenir de los sucesos históricos que han marcado el desarrollo de nuestros pueblos, encontramos que para que se construyeran naciones -más que países- han confluido diversos factores (culturales, demográficos, geográficos, sociales, religiosos, económicos, comerciales, políticos, bélicos y hasta gastronómicos) y han participado diversos actores, unos más visibles que otros -ya sea porque a unos se les engrandeció más allá de lo que en realidad aportaron y a otros simplemente se les invisibilizó por el sesgo de quienes registraron o contaron la historia-.

Sin embargo, como el historiador Norman Davis señala “El pasado está, de hecho, salpicado de grandeza, pero por lo general abundan las potencias menores, pueblos menores, vidas menores y emociones menores”. (DAVIS, 2017)

Aunque la historiografía tiende a centrarse en grandes relatos sobre personajes y acciones que parecen trascendentales, por lo determinantes que fueron en un momento específico, lo cierto es que no se puede desconocer que en la historia de las naciones, marcada por la acción humana, existen personajes que día a día se encargan de edificar los pilares de la nación, de darle forma y contenido, a través de sus actividades. Se trata de los emprendedores y empresarios, esos individuos que mediante la función empresarial, se encargan de llevar a cabo innumerables actividades en un orden espontáneo que permite la formación, surgimiento, crecimiento y permanencia de las naciones.

Uno de los principales elementos de cohesión entre los individuos, sus familias y comunidades es la actividad económica, la interacción que se genera a través del mercado, mediante acuerdos voluntarios libres y respetuosos de la dignidad humana, del intercambio pacífico de bienes y servicios, del surgimiento de ideas e innovaciones que permiten darle soluciones a las necesidades de la sociedad y que sus miembros se adapten a los cambios. Cuando estas interacciones se desarrollan sin interferencias que causen distorsiones ni externalidades negativas, se afianzan valores y prácticas, que facilitan el surgimiento de instituciones y de normas mínimas que controlan y limitan el poder para evitar su abuso, permitiendo la prosperidad, el bienestar y el bien común.

Pese a la importancia de la función empresarial para la construcción de comunidad y de nación, ésta es pocas veces valorada y por el contrario se evidencia una creciente tendencia, marcada por el sesgo ideológico y político de naturaleza colectivista y contrario a las libertades económicas, que busca menospreciarla y en algunos casos vilipendiarla. Como lo reconoce Fernando Nogales, “empresas y empresarios, desgraciadamente, son instituciones y personas tan denostadas hoy en día (cuando no invisibilizadas) por los ámbitos educativos y mediáticos, que ser hoy empresario y tener una empresa significa que te consideren casi como un enemigo social a denostar”. (NOGALES, 2015)

En la historia de Colombia, sin pretender quitarle importancia a los grandes personajes y a los sucesos que han marcado nuestro devenir como nación, resulta indispensable reivindicar como personajes centrales a quienes diariamente con su esfuerzo, dedicación, sacrificio, compromiso y vocación de servicio le entregan y aportan valor a sus comunidades y al desarrollo del país.

Muchos aspectos de nuestra historia han estado marcados por las tendencias al pesimismo, a señalar únicamente los sucesos más dolorosos de nuestro desarrollo como nación, a partir de generalidades con las que pretenden encasillarnos como violentos, sin memoria, guerreristas e incluso de señalarnos como una sociedad corrupta a partir de consideraciones supuestamente culturales.

Estos adjetivos con los que buscan colectivizarnos como sociedad, tratan de descalificar y desconocer lo que somos como individuos, lo que hemos logrado en beneficio propio y de nuestra comunidad, y de lo que estamos en capacidad de conseguir si podemos desarrollar libremente nuestro espíritu emprendedor y solidario. Con moderado optimismo, podemos apostar en el largo plazo, invirtiendo en el futuro, conscientes de las oportunidades y de los desafíos que enfrentamos en un mundo cambiante y de enormes riesgos, pero también de incalculables oportunidades.

Nuestra memoria histórica no puede ser el resultado de fragmentos de lo que hemos vivido como nación. Es necesario superar la leyenda negra, dejar de contar la historia de nuestros próceres y de nuestro proceso de independencia con lentes ideológicos o con fines políticos. La historia debe reconocer que el empresariado lideró el proceso emancipador que permitió pasar de las relaciones basadas en sujeción a relaciones basadas en la cooperación pacífica.

Resulta urgente reconocer los periodos de paz que hemos vivido y la forma en que hemos buscado reconciliarnos a pesar de las diferencias y de las heridas de la violencia, también de lo que nos ha diferenciado a nivel regional, de nuestra solidez institucional, y de las transformaciones políticas, económicas y sociales que hemos llevado a cabo para dar respuesta a nuestros problemas estructurales.

Es indispensable repensarnos como nación usando nuevos paradigmas para entender los procesos históricos de esta Colombia que se ha hecho a pulso, a pesar de la violencia que aún hoy nos azota dolorosamente, y cuyas causas no pueden restringirse a circunstancias de modo, tiempo y lugar determinadas por quienes pretenden justificarla por causas políticas o supuestamente objetivas.

Repensar nuestra historia implica reconocer las virtudes inacabadas de nuestras instituciones en su más amplio sentido, sirviendo a su vez para que nuevos valores empiecen por ser reconocidos y difundidos. Repensar a Colombia parte de confrontarnos y cuestionarnos ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos hecho para superar profundas crisis? ¿Qué nos ha diferenciado de nuestros vecinos que han sufrido crisis e inestabilidad? ¿Cómo hemos logrado surgir en un contexto de violencia y criminalidad?

No se trata sólo del azar o del destino, sino de un proceso histórico que ha tenido entre sus principales actores a los emprendedores y empresarios y que ha estado impulsado por la fuerza transformadora de la función empresarial, que generó las condiciones de riqueza para que nuestras ciudades surgieran, diversos sectores de la economía se desarrollaran y las instituciones se consolidaran.

La función empresarial no sólo ha creado puestos de trabajo y generado ingresos para las arcas públicas, ha sido el motor del desarrollo, ha impactado en las comunidades transmitiendo prácticas y valores, ha impulsado la conservación de los recursos y su aprovechamiento, ha contribuido a la formación de capital humano, pero además ha servido de espacio de educación vivencial para la construcción de civilidad, ciudadanía y democracia.

Las empresas son el entorno en el que las personas conviven durante gran parte del día. Allí se articulan conocimientos, expectativas, metas y capacidades, y es allí mismo donde en el relacionamiento diario desarrollamos la empatía hacia nuestros semejantes, y donde los individuos pueden ejercer sus derechos en consonancia con sus aportes y con las responsabilidades que asumen. Es en los espacios de la empresa donde los ciudadanos logran beneficios que van más allá de lo que dispone la legislación. Han sido muchas las familias que se han visto beneficiadas gracias a lo que las empresas, sin que medie mandato legal, les han otorgado para la compra de vivienda, para su educación y la sus hijos, para la salud y el esparcimiento.

En un país que aún se esfuerza por consolidar la presencia institucional y la respuesta gubernamental en los territorios más apartados, ha visto cómo en los territorios más inhóspitos o afectados por la violencia y la criminalidad, han sido las empresas de diversos sectores de la economía las que han brindado servicios a las poblaciones más apartadas. Han sido las empresas las que han logrado proveer servicios que generan inclusión económica y social.

Sumado al rol de los emprendedores y empresarios y de su actividad económica como impulsores del proceso de construcción de nación, resulta necesario reconocer la importancia de aspectos como las instituciones políticas y jurídicas, el devenir de nuestra democracia, de nuestra política exterior, los esfuerzos por superar la guerra y buscar soluciones a la criminalidad y el narcotráfico, el manejo de nuestra economía, el cambio social, el periodismo y la política de tierras.

Los ensayos que se recogen la obra del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga “Colombia: Una Nación Hecha a Pulso”, permiten al lector hacer reflexionar sobre el país, a partir de las consideraciones multidisciplinarias de diversos autores que hacen parte de la academia, los medios de comunicación y el sector productivo. El objetivo del libro es presentar una mirada optimista y al mismo tiempo crítica, que permita repensar a Colombia, con miras a valorar lo que hemos logrado, lo que hemos hecho bien, lo que nos ha diferenciado y caracterizado como una nación hecha a pulso.

Como una forma de aportar a la lectura de los textos del libro, resulta oportuno y necesario insistir en que la construcción de nación en Colombia es el resultado de muchos procesos históricos, pero tal vez uno de los más importantes y menos valorado ha sido el liderado por los individuos que deciden asumir el riesgo personal y económico para sacar adelante sus comunidades invirtiendo sus ideas, tiempo, esfuerzos y recursos para crear empresas y generar comunidades del sector productivo, conformadas por los dueños de las empresas, trabajadores, proveedores, consumidores, clientes, así como por las poblaciones que reciben directa e indirectamente los beneficios de la función empresarial que se desarrolla en sus territorios.

No se trata únicamente de la generación de riqueza y de las fuentes de ingreso que resultan de una actividad económica como parte de la función empresarial. Se trata de un modo de vida, una manera de ser y de actuar, de acuerdo a los parámetros de la ética del trabajo, de la responsabilidad, de sacrificar las gratificaciones inmediatas para ahorrar e invertir en el futuro. La ética y los valores de quienes hacen empresa son los que permiten contrarrestar los antivalores de la violencia y del colectivismo que busca acabar con la propiedad privada y con el empresariado.

Difundir e inculcar en los ciudadanos los valores asociados a las libertades económicas y la ética empresarial son el mejor antídoto para prevenir y contrarrestar el populismo y el autoritarismo. Los ciudadanos libres, responsables de las consecuencias de sus decisiones, con las condiciones para emprender y hacer empresa, están en la capacidad de no caer víctimas de los cantos de sirena de los líderes mesiánicos que, como nos lo muestran los ejemplos regionales, acaban con naciones enteras.

Nuestra memoria colectiva sobre la historia de esta nación, a la que estamos vinculados por diversas razones, no puede olvidar que en los momentos más oscuros y dolorosos, en las épocas más violentas e inestables, cuando la democracia se puso en riesgo, fueron los empresarios los que decidieron no desfallecer, con estoicismo se mantuvieron firmes ante los embates de las crisis y de las amenazas de aquellos que por la fuerza de miedo y la desesperanza pretendieron someternos a sus ideologías y ambiciones de poder.

El amor por esta tierra, por su gente, por lo que somos, y el arraigo por lo que hemos logrado, han sido los móviles de la determinación que ha llevado a que los empresarios no salgan corriendo con el capital a otros países en búsqueda de mayor seguridad jurídica y física. Los valores y la ética del empresariado colombiano nos han llevado a levantar la voz para defender lo que hemos construido y para impulsar cambios y transformaciones con miras a que todos los colombianos tengan mayores y mejores oportunidades para desarrollar sus proyectos de vida y alcanzar la felicidad.

Lo épico, extraordinario y la grandeza de nuestra historia, es el resultado del trabajo de los héroes que emprenden y hacen empresa, de quienes con su esfuerzo han hecho esta nación a pulso, de quienes como Atlas cargan en sus hombros el peso de lo que somos y de lo que seremos.

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